El tiempo jugaba en contra: el clavo ardiendo al que se agarraba, su pequeña, no reaccionaba al tratamiento. Se iba. Y lo peor de todo, es que sólo a través de aquella criatura ella encontraba un cierto sentido a su vida.
La otra parte era casi irrelevante, en comparación con esta: hacía falta una cantidad de dinero relativamente importante para saldar deudas y evitar el deshaucio. No lo había y sin embargo acabó apareciendo. Pudo, por fin, salir de la calle y dedicarse a sus hijas. La hija "mayor" -once años- estableció con la madre, cuando supo de los sufrimientos pasados y escondidos, una complicidad en la que los mayores alcances de la hija -aun con sus once años- iluminaban la experiencia de la madre (algo turbulento trasluce en el no hablar de la infancia que tuvo y que no quiso para sus hijas).
No obstante, seguía avergonzándose de ella misma, como si hubiera jugado mal las malas cartas que le suministró la vida. Y el miedo a la muerte de la pequeña... Nadie sabía qué pasaría en ese instante, y mucho menos ella misma. Los trámites oficiales para solucionar su situación social mejoraban su estar, pero le daban más tiempo para preocuparse de ese instante.
Y ese instante llegó. Una de las crisis fue más severa que las anteriores. Mientras la critura se debatía entre la vida y la muerte, ella formuló un deseo, una oración: "si va a tener que seguir sufriendo para nada, mejor te la llevas ya". Y, tras el fallecimiento, empezó a recoger todo el material del cuidado de la niña, se fue para el hospital y habló con el jefe de servicio: "aquí está esto para los niños que lo necesiten, y si llega alguno que no tenga quien lo cuide, llámeme, que ya sé cómo hay que cuidarlos". Llamó también a su pareja, a decirle que, por mucho que no quisiera saber de él -ni de ningún hombre en general-, cuando estuviera peor también lo cuidaría. Y, en compañía de su hija mayor, empezó a cuidar de ella misma. Para regocijo de la unidad de SIDA, era una de las pocas pacientes que ganaba peso en vez de perderlo, trampeando con cualquier dolencia de las que la aquejan cada poco, por la falta de defensas.
Cuando los que la habían ayudado escucharon ese relato, descubrieron que habían recibido una lección de inteligencia de la vida, de saber amar.
Juvenal, cuando la ve, inclina mentalmente su cabeza y se pregunta para cuándo va a aprender a mirar la vida de otra forma.
| 4 comentarios | Juvenal | 2004-10-20 | 03:53 |
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Comentarios
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Valor tienes de escribir estas cosas, Juvenal. Te admiro. ¿No temes la chanza de los "progres" oenegianos?. Me siento solidario con una persona como tú. Vamos allá, codo con codo, a por las causas perdidas.
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En realidad, para contar esta y otras historias similares se abrió este blog. Mi incapacidad temporal (larga) para seguir escribiéndolas es lo que lo tiene paralizado. Es el único sitio donde puedo contarlas sin que sus protagonistas sean señalados -para bien o para mal- por la calle. En cuanto a la opinión ajena... por eso me hice llamar Juvenal. |
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Pues seguro que ya sabes, seguro.
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Bueno, que disfrutes de las Navidades con todos los tuyos y espero que 2006 sea lo mejor de lo mejor para ti.
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