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Efectos de la segunda jarra de café vespertina: me lanzo a contar algo que debió haber visto la luz del ciberespacio mucho antes.

Hace algunos años, una mujer visitaba una parroquia. Buscaba al cura, entre gente que iba y venía, muchos con cara de cura. La recibió, precisamente, el que no tenía cara de cura. Ella venía pintada como una prostituta del lumpen, y desde luego lo era. Había reunido todo el valor que tenía para acercarse a una Iglesia ante la que se sentía rechazada. Y no vamos a negar que pudo haber tenido menos fortuna.

-Mire usted, padre -empezaba su discurso preparado días antes- Yo es que me dedico a hacer la calle, pero apenas gano, porque la competencia de las jóvenes y los maricas es muy fuerte. Estuve limpiando aquí y allá, pero ya la enfermedad no me deja fuerzas más que para dejarme hacer. Tengo dos hijas: la mayor va al colegio, pero la pequeña está muy enferma y tengo que llevarla a una curandera que dicen que hace prodigios con la enfermedad. con lo que saco voy más o menos viviendo, pero el viaje y la curandera ya no puedo pagarlos...

El cura piensa. No es que le coja de sorpresa una situación como esta, es que cada persona merece que se piense en ella como si la situación fuese insólita. Darle algo de dinero, ya buscará el resto. Decirle que todo lo que está diciendo es absurdo. Una larga charla para convencerla. No. La vida le ha robado su dignidad a base de cabronadas, y ni quiero ni me dejan ser uno más de la lista de cabrones. No me la puedo quitar de enmedio, porque yo estoy precisamente para poner enmedio del camino de todos a quien me necesita.

La situación es cualquier cosa menos cómoda. Unas palabras de acogida, de seguridad, y una cita con alguien que le va a ayudar: el equipo de Cáritas de la parroquia. Charla previa para que no haya sorpresas. Y empezó el proceso. Tenía mucho que hablar, mucho dolor que liberar, mucho sufrimiento que sacar fuera, demasiados portazos en la cara. Evidentemente, la enfermedad, que jamás ha querido confesar, no era otra que SIDA. Un "regalito" de su pareja, que se largó dejándola seropositiva con una recién nacida que había desarrollado la enfermedad con virulencia. Idas y venidas al hospital, medicamentos que no sabía cómo pagar, hasta que un "alma caritativa" le indicó la dirección del prostíbulo donde ganarse un dinero, aunque olvidó mencionar que iban a ser unas mil quinientas pesetas por servicio.

A partir de ahí, se invierten las tornas. Llevaba una doble vida, para proteger a su hija mayor de cualquier contacto con ese lado que para ella era infame. Horas y horas cuidando exquisitamente de su pequeña, con una constancia que era el ejemplo para el jefe del servicio del hospital. No olvidar la medicación propia ni el seguimiento, aunque con tanto ajetreo no comiera en condiciones, porque tenía que cuidar de las dos hijas. Ahora, hablar con ella era en cierto modo avergonzarse de no alcanzar la talla moral de una persona que (con pocas luces racionales, cierto) había puesto toda su inteligencia afectiva en los suyos. Y no se daba cuenta. Y hubo que ayudarla a que se diese cuenta de su valor de madre.

Juvenal, como de costumbre, era mero espectador de lo que pasaba. Y todavía queda largo y tendido que contar.

1 comentarios Juvenal | 2004-10-12 | 00:46


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Comentarios

1
De: Caboclo Fecha: 2004-10-16 22:45

Bueno, bueno, después de tanto tiempo vuelves y nos dejas pensando un ratito con eso de que hubo que ayudarla a descubrir su valor de madre. Ya veremos cómo termina esto...



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