Enlace permanente a la historia El día en que llegó (II)
Pues sí, necesitó ver que era madre, y hasta qué punto había llegado su valor, pese a lo errado del camino -convengamos en que no era la mejor solución, salvo cuando se está desesperado-.

El tiempo jugaba en contra: el clavo ardiendo al que se agarraba, su pequeña, no reaccionaba al tratamiento. Se iba. Y lo peor de todo, es que sólo a través de aquella criatura ella encontraba un cierto sentido a su vida.

La otra parte era casi irrelevante, en comparación con esta: hacía falta una cantidad de dinero relativamente importante para saldar deudas y evitar el deshaucio. No lo había y sin embargo acabó apareciendo. Pudo, por fin, salir de la calle y dedicarse a sus hijas. La hija "mayor" -once años- estableció con la madre, cuando supo de los sufrimientos pasados y escondidos, una complicidad en la que los mayores alcances de la hija -aun con sus once años- iluminaban la experiencia de la madre (algo turbulento trasluce en el no hablar de la infancia que tuvo y que no quiso para sus hijas).

No obstante, seguía avergonzándose de ella misma, como si hubiera jugado mal las malas cartas que le suministró la vida. Y el miedo a la muerte de la pequeña... Nadie sabía qué pasaría en ese instante, y mucho menos ella misma. Los trámites oficiales para solucionar su situación social mejoraban su estar, pero le daban más tiempo para preocuparse de ese instante.

Y ese instante llegó. Una de las crisis fue más severa que las anteriores. Mientras la critura se debatía entre la vida y la muerte, ella formuló un deseo, una oración: "si va a tener que seguir sufriendo para nada, mejor te la llevas ya". Y, tras el fallecimiento, empezó a recoger todo el material del cuidado de la niña, se fue para el hospital y habló con el jefe de servicio: "aquí está esto para los niños que lo necesiten, y si llega alguno que no tenga quien lo cuide, llámeme, que ya sé cómo hay que cuidarlos". Llamó también a su pareja, a decirle que, por mucho que no quisiera saber de él -ni de ningún hombre en general-, cuando estuviera peor también lo cuidaría. Y, en compañía de su hija mayor, empezó a cuidar de ella misma. Para regocijo de la unidad de SIDA, era una de las pocas pacientes que ganaba peso en vez de perderlo, trampeando con cualquier dolencia de las que la aquejan cada poco, por la falta de defensas.

Cuando los que la habían ayudado escucharon ese relato, descubrieron que habían recibido una lección de inteligencia de la vida, de saber amar.

Juvenal, cuando la ve, inclina mentalmente su cabeza y se pregunta para cuándo va a aprender a mirar la vida de otra forma.

4 comentarios Juvenal | 2004-10-20 | 03:53


Enlace permanente a la historia El día en que llegó (I)
Efectos de la segunda jarra de café vespertina: me lanzo a contar algo que debió haber visto la luz del ciberespacio mucho antes.

Hace algunos años, una mujer visitaba una parroquia. Buscaba al cura, entre gente que iba y venía, muchos con cara de cura. La recibió, precisamente, el que no tenía cara de cura. Ella venía pintada como una prostituta del lumpen, y desde luego lo era. Había reunido todo el valor que tenía para acercarse a una Iglesia ante la que se sentía rechazada. Y no vamos a negar que pudo haber tenido menos fortuna.

-Mire usted, padre -empezaba su discurso preparado días antes- Yo es que me dedico a hacer la calle, pero apenas gano, porque la competencia de las jóvenes y los maricas es muy fuerte. Estuve limpiando aquí y allá, pero ya la enfermedad no me deja fuerzas más que para dejarme hacer. Tengo dos hijas: la mayor va al colegio, pero la pequeña está muy enferma y tengo que llevarla a una curandera que dicen que hace prodigios con la enfermedad. con lo que saco voy más o menos viviendo, pero el viaje y la curandera ya no puedo pagarlos...

El cura piensa. No es que le coja de sorpresa una situación como esta, es que cada persona merece que se piense en ella como si la situación fuese insólita. Darle algo de dinero, ya buscará el resto. Decirle que todo lo que está diciendo es absurdo. Una larga charla para convencerla. No. La vida le ha robado su dignidad a base de cabronadas, y ni quiero ni me dejan ser uno más de la lista de cabrones. No me la puedo quitar de enmedio, porque yo estoy precisamente para poner enmedio del camino de todos a quien me necesita.

La situación es cualquier cosa menos cómoda. Unas palabras de acogida, de seguridad, y una cita con alguien que le va a ayudar: el equipo de Cáritas de la parroquia. Charla previa para que no haya sorpresas. Y empezó el proceso. Tenía mucho que hablar, mucho dolor que liberar, mucho sufrimiento que sacar fuera, demasiados portazos en la cara. Evidentemente, la enfermedad, que jamás ha querido confesar, no era otra que SIDA. Un "regalito" de su pareja, que se largó dejándola seropositiva con una recién nacida que había desarrollado la enfermedad con virulencia. Idas y venidas al hospital, medicamentos que no sabía cómo pagar, hasta que un "alma caritativa" le indicó la dirección del prostíbulo donde ganarse un dinero, aunque olvidó mencionar que iban a ser unas mil quinientas pesetas por servicio.

A partir de ahí, se invierten las tornas. Llevaba una doble vida, para proteger a su hija mayor de cualquier contacto con ese lado que para ella era infame. Horas y horas cuidando exquisitamente de su pequeña, con una constancia que era el ejemplo para el jefe del servicio del hospital. No olvidar la medicación propia ni el seguimiento, aunque con tanto ajetreo no comiera en condiciones, porque tenía que cuidar de las dos hijas. Ahora, hablar con ella era en cierto modo avergonzarse de no alcanzar la talla moral de una persona que (con pocas luces racionales, cierto) había puesto toda su inteligencia afectiva en los suyos. Y no se daba cuenta. Y hubo que ayudarla a que se diese cuenta de su valor de madre.

Juvenal, como de costumbre, era mero espectador de lo que pasaba. Y todavía queda largo y tendido que contar.

1 comentarios Juvenal | 2004-10-12 | 00:46


Enlace permanente a la historia Paseo frustrante
Llamé a la puerta de la casa de Wittgenstein. Una educada señora, que no pudo reprimir un mohín de disgusto, me dijo que "ese señor" ya no vivía allí. Es lo malo de D. Ludwig: sus cambios radicales e impredecibles. Creo que llamaré a Carnap por si sabe algo de él. Necesito que desentrañe el nudo entre algo que he dicho y no hago, y Saussure se me encogió de hombros: "tú sabrás"
La verdad es que mi permanencia siempre en la misma casa averniana tiene mucho que ver con mi vida de cliens romano: te conformas con lo que te dan, aunque luego acabes en la maledicencia, que pasado el tiempo se llama denuncia.
Pasé por delante de la casa del padrecito Iuri Lotman: no me atreví a saludarlo, porque en cuanto cruzase un par de palabras acabaría confesando que si no voy de lo que digo a lo que hago es por mi culpa.
Y a quien no encuentro es a E. Y lo tengo difícil. De entrada, no sé en qué mundo está actualmente ni cómo, a pesar de que le debo tanto.

0 comentarios Juvenal | 2004-10-10 | 16:50


Enlace permanente a la historia Hay cosas que no tienen título
Rescatado de una entrevista a Jon Sobrino (las negritas son mías):



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"Los datos nos los da la propia ONU. En el año 1960, la relación pobres-ricos era de un rico por treinta pobres. En 1990, un rico por sesenta pobres y, en 1997, un rico por 74 pobres. Esto es una aberración total. El 0,7 ha desaparecido, la ayuda internacional ha ido decreciendo. Y sin embargo, la imagen que se da es la de un mundo cada vez mejor que va a buscar agua a Marte e invierte cientos de miles de millones en la industria del deporte, una industria capitalista como cualquier otra. En cualquier partido de fútbol de las estrellas hay un presupuesto dos veces superior al del Chad, un país con siete millones y medio de habitantes. Quisiera morir sin tener mucha vergüenza de haber pasado por este planeta."
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Yo no sé debajo de qué esconderme. Diez minutos antes, mi casa tenía incomodidades, la conexión de cable fallaba, y no me acuerdo por qué me sentía tratado con injusticia en algunos aspectos. Tengo un PC probablemente ensamblado por mano de obra esclava, el pollo del almuerzo seguramente comió mucho mejor que mucha gente, y tenía todavía una molestia en el hombro que, como siga un par de días más, me hará acudir a una consulta médica donde tardaré hasta una hora en que me atiendan. Disculpen si me sonrojo en público y sigo callado una temporada más.

0 comentarios Juvenal | 2004-02-11 | 02:53


Enlace permanente a la historia Predictibilidad
Miro por curiosidad mi escaso calendario de intervenciones. De hecho, quise escribir estas letras el día veintisiete, pero descubrí que eso me hacía escritor(¿?) de nueve en nueve días. Por otra parte, no hacerlo me ha hecho amanuense de tres historias al mes. Otras coincidencias más he encontrado, pero callo para no molestar a buenas personas entrevistas en sus líneas.
¿Será que, aunque no lo sepa, soy perfectamente predecible para cualquiera un poco avispado? ¿estoy conjurado para algo y no lo sé?
Si tengo una estrategia y todo esto es una maniobra distractora, no me va a servir de nada.
¡Y yo, con estos pelos!

2 comentarios Juvenal | 2004-02-01 | 11:06


Enlace permanente a la historia Las aves carroñeras
Rondan a los que se tambalean, aunque esperan a que caiga. A veces se lanzan sobre una presa que no está muerta, y el pobre caído siente un picotazo que le puede hacer levantar o caer del todo. Buscan aquello que está muerto, preferentemente en las zonas más blandas de la presa. Me repito: se acercan cuando creen que la presa está muerta y donde creen que es más vulnerable.
En el mundo animal, tienen una función necesaria. En otros mundos no lo sé. Prefiero no saber.

0 comentarios Juvenal | 2004-01-27 | 14:07


Enlace permanente a la historia No new messsages on server
Ahora que el gestor de correo me lo dice en español, suena más doloroso.

Música de fondo: "Bridge over troubled waters"
(cualquier versión vale)

0 comentarios Juvenal | 2004-01-25 | 04:41


Enlace permanente a la historia Vivir: compás de espera
Es curioso, pero, sin haber vuelto a leerla en una larga temporada, Gloria [Fuertes] no sé si me acompaña o me persigue. Fue un cnjunto de casualidades las que me llevaron a "sabérmela" casi de memoria. Como todo niño del "cuéntame", no caía en la cuenta de porqué me gustaba aquellos ripios que parecían destinados a gente más pequeña. A los dieciséis-diecisete cayeron en mis manos simultáneamente sus "Obras incompletas" y la "Metanoia" de Carlos Edmundo de Ory. Mezcla explosiva: aquellos ripios, aquellas obviedades venían cernidas por un espeso tamiz creativo. No eran lo que parecían.
Ya en la Universidad, me las tuve con algún que otro exquisito de dos libritos, tres recitales y mucha tertulia poética, reinventando un Parnasillo que tiempo hacía que se había cerrado con doble llave.
Y ahora me pongo a pensar, y siempre surge un verso. Suyo. Con toda ella (buena, gorda, fumadora y bebedora) dentro de él. Una vez me fue recomendado no hablar a través de las palabras de los demás, a lo que me negaba porque no hay dos lecturas guales, y por tanto yo estaba diciendo algo distinto. Pero me pidieron esa disciplina, y la acepté. Tuvo su utilidad, es cierto. Y no perdí mis amadas lecturas, una de mis más preciadas posesiones.
Pero, en este caso, años después del homenaje íntimo que un par de personas le hicimos en un rincón alejado del mundo, ha vuelto. Bloqueado para casi todo, se me aparece una y otra vez, dándole nombre a lo que me custa trabajo decirme para mis adentros. Como el título de la historia, título de un libro suyo/mío (desde que lo leí). La Gloria que no se gustaba a sí misma y hacía por quererse.
...quizá porque yo también tuve un amor y no sé si ha sido muerto por una guerra incivil.

0 comentarios Juvenal | 2004-01-25 | 04:41


Enlace permanente a la historia Sin noticias de Dios: escolios/escollos
Versión para Julia Kristeva...

Título prestado, para un Quevedo en plagio:

"¡Ah de la vida!"... ¿Nadie me responde?
¡Aquí de los antaños que he vivido!
La Fortuna mis tiempos ha mordido:
las Horas mi locura las esconde.

Pero, en tiempo de silencio, o, más bien, de sordera ¿qué hallar si

"Estar sordo tiene alas [...]"?

Que diría Luis Cerundas (broma para bibliófilos y tipógrafos).

"La soledad es el refugio de los fuertes", me contaron,

y respondo: o el cubil de los cobardes.

Paradojas de uno que aprendió que son más importantes las preguntas que las respuestas. Mas por mucho que me pregunte el viento no sé qué me pide, y no creo que yo sepa preguntarle (dejé de comprender idiomas un día en que descubrí que había olvidado demasiadas cosas.

Y no pretendo que me entiendan, si "escribo como siento" (con permiso de Valdés), pues no sé qué debería sentir, según las reglas de la etiqueta.

"Sic transit gloriae mundi", que pintó Valdés Leal. "Cero", que escribió Guillén.

0 comentarios Juvenal | 2004-01-25 | 04:41


Enlace permanente a la historia Él y él
Se conocieron en la boda de un familiar común. No sé quién se descibrió ante quién, aunque qué duda cabe del amaneramiento de él. No eran brillantes profesionales ni intelectualmente refinados. Se encontraron de pornto con la papeleta, incluido el rechazo de la familia constituida en jurado. Y eran bastante mayorcitos e independientes. Vivían de su oficio (uno cualquiera, en el que hacín un buen trabjo), que desde entonces les permitió trabajar juntos y dormir juntos. El serio. Él, sin embargo, efusivo. Todavía lo recuerdo haciéndole fiestas a mi hijo, un bebé.

La hermana de él, ya viuda, falleció en circunstancias lamentables, dejando atrás una familia marcada por un fuerte abandono -apenas ella podía arrastrar su cuerpo...- Nadie quería hacerse cargo de aquella familia estigmatizada. Él lo consultó con ély se plantaron en la casa. Los más pequeños empezaban a ir al colegio desayunados, limpios, ... y estables. Se las apañaron para resocializarlos (por supuesto no lo decían así, el tecnicismo es mío).

Todos los cercanos a la comunidad parroquial lo sabían, curas incluidos. ¿Qué pasó? Nada. Miento: un enorme alivio por el cariz que tomaban las cosas. El más pequeño hacía la comunión ese año, y dedicó su ofrenda a sus "tíos". Eran saludados con afecto. Se querían, eran otra de las parejas que venían de vez en cuando por la parroquia (tampoco es que estuvieran precisamente con la observancia ritual, pero "el sábado se hizo para el hombre, no el hombre para el sábado") Tenían muy claro que aquella era su casa.

Cierto: no supieron gestionar bien las cuestiones económicas y no consiguieron mantener una pequeña cantidad de dinero que habían recibido: intentos fallidos de negocio, errores de cálculo, falta de conocimientos como en tantas otras ocasiones, en tantas otras personas. ¡Qué cómodo para tanta gente echarles la culpa!

Llegaron las tensiones, y fueron invitados a abandonar la casa. La hermana mayor se bastaba para organizarla. Curiosamente, volvió el desarreglo, el desaliño, las conductas erráticas y el absentismo a los pequeños.

Él, que era algo mayor, sufrió un accidente cardiovascular y murió. Él se quedó solo y, ahogado por la pena y la soledad, emigró a tierras frías. No sabemos demasiado de él ahora. Y estamos un poco huérfanos. Especialmente de ejemplo. A ver quiénes tienen valor para irse a vivir con cinco hijos de golpe.

Sí, Monseñor, V.I. que piensa que esto va contra natura, dígame si no es fecundidad sacar adelante a cinco criaturas contra viento y marea, aunque hayan fracasado, entre otros detalles (preparación, suerte, etc.) porque se le cerraron muchas puertas (aunque las hubo abiertas también), no ponga gesto de asco cuando alguno de sus hermanos en el episcopado le digan que hay que revisar el asunto.
Pero, de la misma manera, Vd., sociólogo incluso progre, dígame que estaban deformando a los niños por falta de modelo familiar estándar, como si el mundo no les brindaba todos los demás, y esos padres adoptivos a la fuerza (de la responsabilidad) no le negaron la existencia de otras formas de quererse. Que lo importante era que rerse con un cariño que tenía la obligación de extenderse hacia los demás, tanto más cuanto más débiles, que tuvieron el valor de acercarse a la Iglesia, pese a que la fama es que la Iglesia los repudia y condena.
En ambos casos, I Jn, 4, 8.

Esta es la segunda historia de las tres para las que esta bitácora tenía sentido. Si lo cuento en otro sitio, se atan cabos y salen los nombres y apellidos. Quizá cuando cuente la tercera de los gigantes morales "no famosos" que han marcado mi vida, ya no merezca la pena seguir con las historias. Seguro que hay quien se alegra. Más me alegraré yo: conté mis historias del corazón y ya quedó la misión cumplida, pues para tristezas y homenajes siempre hay lugar.

0 comentarios Juvenal | 2004-01-25 | 04:41